El tiempo pasa y no se detiene.
Una frase tan trillada, tan común. Han pasado tres años ya desde que habló el inconforme, el que se encontraba inquieto.
Les cuento que me liberé, siete meses después de esa queja decidí huir. Huí muy cerca de donde siempre me he encontrado, pasé seis meses buscando, tocando puertas, generando ideas, y lo siguiente, eso ya es historia.
Hoy tenemos una empresa que se conforma de un grupo de diez personas, vendemos nuestros conocimientos, lo que hemos aprendido a fuerza de los días, y ya hay quienes confían en nosotros. Somos buenos en lo que hacemos (Sería pretencioso decir que somos los mejores, ¿Cierto? Además de que siempre hay alguien mejor).
Soy dueño de mi tiempo, no tengo horarios, nadie me manda ni me obliga a hacer algo que no quiera, trabajo con amigos, los de siempre, los que han decidido compartir las ventajas y los retos para los que nacimos.
No estoy conforme, pero no lo estoy solo porque aquí, en este momento, en este preciso instante, tenemos muchas cosas más que explotar, tantas cosas que alcanzar. Aquí es nuestro, es de nuestro esfuerzo y nosotros somos los arquitectos y los ejecutores de nuestros propios días, tomamos decisiones, nos equivocamos, perdemos y ganamos.
No sabemos cuanto durará esto, pero durará lo necesario, hasta que queramos, hasta que podamos, como decíamos los adolescentes, los que vivimos los últimos años del milenio pasado, los ahora extintos: Siempre se puede un poco más.
Hoy es una tarde lluviosa en la Colonia Casa Blanca, fue día de mercado enfrente de nuestras terceras oficinas, tenemos planes de ir a unas más grandes, tenemos miras para crecer. Hoy tengo treinta años, tengo fuerzas y un montón de nuevas experiencias. Y las que vendrán, ¿Quién lo sabe? Nadie lo sabe, y ese es el por qué estamos aquí.
Una frase tan trillada, tan común. Han pasado tres años ya desde que habló el inconforme, el que se encontraba inquieto.
Les cuento que me liberé, siete meses después de esa queja decidí huir. Huí muy cerca de donde siempre me he encontrado, pasé seis meses buscando, tocando puertas, generando ideas, y lo siguiente, eso ya es historia.
Hoy tenemos una empresa que se conforma de un grupo de diez personas, vendemos nuestros conocimientos, lo que hemos aprendido a fuerza de los días, y ya hay quienes confían en nosotros. Somos buenos en lo que hacemos (Sería pretencioso decir que somos los mejores, ¿Cierto? Además de que siempre hay alguien mejor).
Soy dueño de mi tiempo, no tengo horarios, nadie me manda ni me obliga a hacer algo que no quiera, trabajo con amigos, los de siempre, los que han decidido compartir las ventajas y los retos para los que nacimos.
No estoy conforme, pero no lo estoy solo porque aquí, en este momento, en este preciso instante, tenemos muchas cosas más que explotar, tantas cosas que alcanzar. Aquí es nuestro, es de nuestro esfuerzo y nosotros somos los arquitectos y los ejecutores de nuestros propios días, tomamos decisiones, nos equivocamos, perdemos y ganamos.
No sabemos cuanto durará esto, pero durará lo necesario, hasta que queramos, hasta que podamos, como decíamos los adolescentes, los que vivimos los últimos años del milenio pasado, los ahora extintos: Siempre se puede un poco más.
Hoy es una tarde lluviosa en la Colonia Casa Blanca, fue día de mercado enfrente de nuestras terceras oficinas, tenemos planes de ir a unas más grandes, tenemos miras para crecer. Hoy tengo treinta años, tengo fuerzas y un montón de nuevas experiencias. Y las que vendrán, ¿Quién lo sabe? Nadie lo sabe, y ese es el por qué estamos aquí.
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