Y así como si nada, comienzo.
Hace algunas semanas, por conmemoración del natalicio de Benito Juárez me hicieron el honor de invitar (u¬_¬ ahh mi lengua) a un evento en el hemiciclo de Toluca, todo iba bien, excepto que fue en domingo a las 9 de la madrugada. Apresurado me puse mi mejor traje (el único quise decir) y fui.
Después de saludar respetuosamente a los de la mesa de honor, uno por uno, y generalizar a los demás como borreguitos, se dió un discurso lavacerebro clásico. Entonces fue cuando el segundo del gobernador se llevó la mañana. Un señor mal encarado y con gesto de fuchi comenzó a hablar sobre algunos pasajes de la vida de Juárez, sin embargo, drásticamente subió su tono de voz y gritó a los cuatro vientos que ¡El Estado tenía un Gran Líde
r! Que no le hacían ni cosquillas las pedradas que la prensa y algunos escritores rebeldes le echaban a su papi, digo, a su gobernador, que el PRI se reivindicaría porque traía las ideas más frescas (conste que dijo solo ideas, no hechos), en fin, una sarta de cosas que nada tenían que ver con el evento. Algunos enardecieron, otros como yo solo se limitaron a reír disimuladamente. Y así terminó.
Antes de irse a sus respectivos banquetes, la presidenta municipal, el general, el secretario y el gobernador le dejaron flores a Juárez, todos unas ternuras.
La experiencia me dejó varias enseñanzas, una de ellas y quizás la más importante, que aunque el destino me haya puesto a trabajar en gobierno, sigo sabiendo que esto es un circo, que aunque hay gente que se esfuerza y que hace bien su trabajo, son los que menos suben a posiciones mejores.
Es bien sabido que lo que hace fuerte a un edificio es su cimiento, no su fachada. Estos señores siempre se preocuparán por salir en la foto, por conquistar una silla más cómoda, por sacar proyectos que obedezcan a intereses personales, mientras los técnicos soportando el día con día, sepamos de sobra que es basura.
Espero que ya no haya más invitaciones de este estilo por ahora.
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